Su mano empedrada tocó tres veces en su puerta recién encerada. Miró a su reloj de oro...un minuto, dos, tres, soltó un pequeño rugido de impaciencia que se convirtió en una hueca desesperación. Entonces sacó su llavero de cuero y abrió la puerta. Se percató de que, un día más, su gloriosa casa estaba tan solitaria como lo estaba él.
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